Estaba cansado, como cualquier viernes de una dura semana de trabajo en Onda La Superestación. Teníamos semanas hablando en nuestra programación sobre un virus que se había detectado por primera vez en la ciudad de Wuhan, ubicada en China y se extendía a lo largo del mundo entero. Cinco días antes de este viernes 13 de marzo, la Organización Mundial de la Salud reconoció la enfermedad del Covid-19 como una pandemia global.

Desde ese momento, la noticia pasaba al plano nacional. El lunes 16 de marzo, Nicolás Maduro, anunció el comienzo de una cuarentena social en todo el país, con plazos que han sido postergados hasta la fecha. Todo cambió. El mundo entero se encontraba viviendo lo mismo, los venezolanos no éramos la excepción. Las calles estaban solas, el tráfico dejó de existir, las personas empezaban a circular con medidas exhaustivas de seguridad y reinaba un ambiente de tensa calma. Era un escenario surrealista, inesperado, que parecía ficción, pero se había convertido en nuestra realidad.
Al formar parte del equipo que lleva las riendas de la emisora, mi responsabilidad era asistir presencialmente a la sede de Unión Radio, en La Castellana, a seguir adelante con un cargo al que no logré adaptarme por completo, con esta interrupción de nuestra normalidad. A medida que pasaban los días, estando allí, pude presenciar cómo, poco a poco, el estacionamiento, los pasillos, las cabinas, los estudios y las salas de producción se quedaban completamente vacíos, cuando antes el flujo de personas era inmensurable.
La radio no debe alejarse nunca de su audiencia y por esta razón decidimos explorar nuevos mecanismos que nos permitieran seguir conectados, con el mayor personal posible trabajando desde casa. Así fue como nos enfrentamos al fenómeno del año, que surgió como consecuencia del Covid-19: el teletrabajo. Como resultado, incursionamos en plataformas como Zoom, que nos posibilitaban registrar el material que saldría en vivo.
Inicio de la distancia
Mi asistencia a la radio se vio limitada, no por el avance del coronavirus en el país, sino por la cruda escasez de gasolina, que afectó a todo el territorio nacional y aumentó las tensiones políticas. Fue en este momento en el que dejé de compartir esporádicamente con el trabajo a distancia y se convirtió en parte de mi rutina. Un ritmo de vida al que no estaba acostumbrado, pasar las veinticuatro horas del día dentro del mismo apartamento, cuando antes, no pasaba ni la mitad de este tiempo en él. No me hallaba, no encontraba mi espacio, no me concentraba, no estaba enfocado en lo que hacía y no me gustaba lo que estaba viviendo.

Seguidamente, a los escasos días de haber empezado a convivir con este nuevo formato laboral, ya el estrés y la ansiedad se apoderaban de mí. No solo debía cumplir con todo lo que la emisora necesitaba, sino que también tenía que mantenerme al día con mis estudios universitarios. Era casi imposible fijar horarios para lo uno o para lo otro. Mis horas de trabajo dejaron de tener límites, soportaba más de 12 horas sentado en el mismo lugar, intercalando la mirada del teléfono celular a la laptop.
El trago amargo
La situación cada vez era más desesperante, el entorno era muy tenso, la pandemia avanzaba, la escasez de gasolina continuaba sin soluciones aparentes, fallas constantes en el servicio eléctrico y las telecomunicaciones que funcionan casi por inercia. Un ambiente que provocaba sensibilidad e irritación en las personas y por ende, las discusiones. Yo, en lo particular, no soportaba a nadie, ni a mis jefes, ni a mis compañeros de trabajo, ni a mis amigos, ni a mi familia, ni a mis profesores, ni a nadie, lo único que quería todos los días, al finalizar la jornada, era sentarme a llorar y drenar todos los sentimientos acumulados.
Así fue, llegó el día en el que no pude aguantar más. La presión, los nervios y el estrés no estuvieron a mi favor. El día había comenzado igual que todos los anteriores, despertarme, ponerme una chaqueta para disimular mi pijama y conectarme con una distancia amarga con la emisora. Además de todas las vicisitudes que estábamos atravesando en ese momento, trabajar en un medio de comunicación en Venezuela, implica censura y lo peor que puede existir, la autocensura. La necesidad de informar cada vez era mayor en un país en el que ya se había advertido que la pandemia podría causar estragos. Sin embargo, las posibilidades de decir lo que ocurría, cada vez eran menores. No pudimos ir al aire con los invitados pertinentes. El ambiente laboral era muy tenso, discutí fuertemente con mis jefes. No pude más. Fue la peor noche que pude haber pasado, lloraba descontroladamente y no podía conciliar el sueño.
Al día siguiente, después de la ruda jornada del día anterior, decidí que eso no volvería a pasar. Mi salud y estabilidad mental vale mucho más de lo poco que puedo recibir mes a mes. Desde ese momento, seguí trabajando, con las mismas ganas que antes, pero controlando mis niveles de estrés y sin agregar preocupaciones adicionales.
No todo es negativo
Ciertamente, tomar esa decisión me ayudó a ver las cosas desde un óptica menos negativa y quizás a valorar un poco más el trabajo que estaba realizando en tiempos de confinamiento. Esto contribuyó a convencerme una vez más del poder que tiene la radiodifusión hoy en día, a pesar de los avances tecnológicos. La primera vez que lo entendí fue hace un año exactamente, cuando en marzo de 2019 un apagón general afectó seriamente al sector eléctrico y descubrí lo importante que es la radio para su audiencia.
Sigo estando cansado. Hace años, Bill Gates predecía un escenario similar al que vivimos. Hoy, la pandemia disminuye en algunas partes del mundo y avanza en nuestro país. Las restricciones serán cada vez mayores y por lo tanto la vuelta a la casi extinta normalidad es casi nula. El teletrabajo llegó inesperadamente y nos sorprendió con poca preparación. Ahora, con un tanto más de experiencia en este nuevo formato laboral, la distancia aumenta, pero el sabor amargo se desvanece.